No soy escritor, pero antes de comenzar os debo confesar que creo en las palabras, creo en su fondo aunque muchas veces lo desconozco, creo en su sentido aunque muchas veces han salido de mi mano perdiendo toda dirección; creo en las palabras sutiles y por años he desafiado a las más hostiles, creo en las palabras que derraman sentimientos, no hablo ni del bueno ni del malo, sólo hablo de sentimientos, sentimientos derrochados, aplastados, arrumbados, maravillados, olvidados.
No soy escritor, pero os debo aclarar que creo en las palabras, creo en su sonrisa y en su llanto, en su bondad y en su ira, he sido victima y victimario de su escencia, temerario, asustado, confundido, amenazado; a través de ellas he saciado los espacios del silencio, con la cabeza gacha y una mudez que desespera; creo en las palabras, a través de ellas he sido cruel y a veces sensato, he dañado al verbo, he lastimado a más de un sustantivo.
No soy escritor, aunque para continuar os debo confesar que de mi puño han brotado más de mil palabras con intenciones poéticas, y honestamente no se hasta que punto lo sean, porque dentro de todo aún no sé porque escribo, aún no se bien como definir lo que escribo, sólo sé que hay muchas líneas atestando las hojas de un cuadernillo, líneas que yacen polvorientas entre libros de poesia, economía, uno de arte, otro de marketing, un par de ensayos y dos o tres de Coehlo.
No soy escritor, aunque debo confesar que mis intenciones han atravesado los límites de la conciencia, he navegado por el deseo, en un mar que sumergió algunas de las heridas que guardé dentro de mi corazón, he naufragado en un mar violento que vió correr el miedo por mis venas, en un mar que ha disuelto mis lagrimas entre la sal de sus oceános.
No soy escritor, lo digo porque no he logrado plasmar mis emociones, no he logrado hablar de mis sueños, no he logrado arrancarme el miedo, ese miedo que me acosa y que no me permite liberar el amor que llevo dentro; no soy escritor, aunque por ahora es el único medio que poseo, para hablarle y declararle, es el único paisaje que me permite asomar la ternura, las caricias y el deseo.
No soy escritor, pero os debo aclarar que creo en las palabras, creo en su sonrisa y en su llanto, en su bondad y en su ira, he sido victima y victimario de su escencia, temerario, asustado, confundido, amenazado; a través de ellas he saciado los espacios del silencio, con la cabeza gacha y una mudez que desespera; creo en las palabras, a través de ellas he sido cruel y a veces sensato, he dañado al verbo, he lastimado a más de un sustantivo.
No soy escritor, aunque para continuar os debo confesar que de mi puño han brotado más de mil palabras con intenciones poéticas, y honestamente no se hasta que punto lo sean, porque dentro de todo aún no sé porque escribo, aún no se bien como definir lo que escribo, sólo sé que hay muchas líneas atestando las hojas de un cuadernillo, líneas que yacen polvorientas entre libros de poesia, economía, uno de arte, otro de marketing, un par de ensayos y dos o tres de Coehlo.
No soy escritor, aunque debo confesar que mis intenciones han atravesado los límites de la conciencia, he navegado por el deseo, en un mar que sumergió algunas de las heridas que guardé dentro de mi corazón, he naufragado en un mar violento que vió correr el miedo por mis venas, en un mar que ha disuelto mis lagrimas entre la sal de sus oceános.
No soy escritor, lo digo porque no he logrado plasmar mis emociones, no he logrado hablar de mis sueños, no he logrado arrancarme el miedo, ese miedo que me acosa y que no me permite liberar el amor que llevo dentro; no soy escritor, aunque por ahora es el único medio que poseo, para hablarle y declararle, es el único paisaje que me permite asomar la ternura, las caricias y el deseo.
Escrito por Jorge Eduardo Rojas
Sábado 1 de Marzo, 01:46 AM